Curiosidades

¡Si todavía tienes ESTO en tu oreja, debes saber de dónde procede!


Es muy curioso que después de millones de años todavía conservemos parte del genotipo de nuestros antepasados primates. Más de uno sabrá que existen órganos cuyas funciones a día de hoy, se desconocemos por completo, por ese motivo creemos que han sido órganos que con el paso del tiempo y con el “filtro” que supone la selección natural han quedado como “huella del pasado”, y son estas huellas a las que se les denomina actualmente órganos vestigiales.

 

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En resumen, hemos ido dejando atrás todo que aquello que creíamos que ya no era útil, pero todos esos vestigios que conservamos aún están presentes, como la piel de gallina, las muelas del juicio o en algunos casos, un rudimento de cola.

En este caso, nos detendremos en el Tubérculo de Darwin, uno de esos atavismos. Es un pequeño engrosamiento cartilaginoso que está situado en el borde de las orejas de algunas personas, concretamente en la intersección entre lo que sería la parte media y la parte alta del pabellón auditivo.

Tiene ese nombre porque fue Darwin el primero en descubrirlo, en “El origen del hombre”, como un vestigio evolutivo que implicaba un antepasado común a todos los primates.

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Muchos mamíferos lo tienen, y entre los humanos puede variar de unas regiones a otras del globo. En España lo tiene un 10.4% de los adultos y en la India, el 40%. En Suecia se hizo el estudio entre los niños y lo poseen el 58%. Se cree que procede de la forma puntiaguda que tienen las orejas de la mayoría de los mamíferos y que les sirve para dirigir y captar mejor los sonidos.

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Como el ser humano ya no lo necesita, ha ido desapareciendo. El tubérculo de Darwin puede tenerse en las dos orejas, que suele ser lo más común, o en una sola de ellas. No está claro si el hecho de tenerlo es sólo genético o puede intervenir también algún tipo de alteración al desarrollarse el feto. Según los estudios realizados, en general suelen tenerlo más los hombres que las mujeres y en la gente anciana, especialmente en los hombres, se engrosa y es mucho más visible.

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Pero el tubérculo de Darwin no es el único vestigio del pasado que aún poseemos, ¿a quién no se le ha puesto la carne de gallina cuando hemos sentido algún temor o amenaza? Pues esta reacción también se trata de un vestigio del pasado, aunque no sea directamente un órgano el protagonista.